viernes, 27 de noviembre de 2020

Carta a Apolo

 

Viajé a las tierras de Arcadia

con el paso pequeño de la duda,

la timidez del poeta

que nace, huérfano de musas,

con la mirada henchida en sus bosques,

en busca de dríadas

recitando las églogas de Virgilio,

        y

abrazar así el reino de la utopía.


Pero encontré un valle yermo,

y emponzoñado el manantial de las ninfas

camino al olimpo de los elegidos.


Dioses menores

alzaban su pluma como dagas hirientes

vomitando la ira del deshabido,

no en vano

su mano infértil traza —en la linde—

el horizonte del ego.


Bufones disfrazados juzgando

como reyes, ávidos de sangre

y conquistas, escupían

en los versos livianos del imberbe.


Y así  —un día cualquiera—

divisé la atalaya de Narciso

en el promontorio del recelo,

sostenida por los usureros de la palabra:


No queda espacio

en el corazón del viajero, sino

el regreso a la nada amable del (ser) desconocido.


Friedrich August von Kaulbach




martes, 27 de octubre de 2020

Después de los años

 

Descubro la vida en otros ojos

que son el mundo,

la espiga verde mecida por el viento

que abraza el grano.

Pequeñas playas en un desierto

donde no hay oasis,

mar de estrellas, fanales de mis noches.

Pero esos ojos tienen precio.

Después de los años

el amor puede ser un brebaje amargo

si se toma de un trago

en la sombra de cualquier luna,

como esos naufragios que se sufren

cuando el corazón

vira el rumbo de repente

subestimando la fuerza de las olas,

y el casco —simplemente—,

no aguanta la embestida.



sábado, 19 de septiembre de 2020

La voz opaca

 Una cerveza más

        con el silencio:

—La amable ausencia de la palabra—

jueves, 17 de septiembre de 2020

Sin hacer ruido


...y me iré

de puntillas

como vine,

montado

en un susurro

callado,

de vuelta

a mis sueños

imperfectos,

sueños errantes,

            inacabados.




domingo, 9 de agosto de 2020

Tiempo que no importa.

"Me has salvado la mañana".

VENDEDOR AMBULANTE

ALICANTE 2020


Volvemos a coincidir.

Él toma café, como cada mañana,

en la esquina de la melancolía

donde yo desayuno los recuerdos

de esta ciudad que llevo dentro.

 

Mientras observo su gesto

plácido, casi ausente,

manosea un reloj que acaba de comprar

por quince euros —creo que los colecciona—,

quizá pretenda sujetar

el tiempo que se le escapa.

 

Cada año,

la misma esquina, el mismo hombre.

Ya no tiene perro,

por eso,        solo,

conversa con sus adentros.

 

Apurando el último sorbo

mira de reojo su nuevo reloj,

deja dos euros sobre la mesa

y se marcha despacio.

Como si la vida ya

sólo fuera rutina,

como si comprar el tiempo

sólo costase quince euros.