...y así
en cada naufragio
voy dejándome la vida,
como si la vida
fuera la marea que pervive
a todos los eclipses,
como si jamás
las olas
fueran a morir en la luz,
en el reflejo púrpura de la luna
en alguna playa,
en el azul efímero de unos ojos.
...y así
en cada naufragio
voy dejándome la vida,
como si la vida
fuera la marea que pervive
a todos los eclipses,
como si jamás
las olas
fueran a morir en la luz,
en el reflejo púrpura de la luna
en alguna playa,
en el azul efímero de unos ojos.
Renacerás a un tiempo
nuevo
en los corazones de los
que te amaron,
como esos viejos barcos
—naufragados—
que surcan en la
eternidad
los mares de la memoria…
He
descubierto calles
con
mil esquinas
donde
tu nombre
aparece —siempre—
tatuado
en la sombra,
un
simple beso que fuera…
aún
sin serlo.
Porque
las calles ya no tienen
nombre
si
no es el tuyo.
Viajé
a las tierras de Arcadia
con
el paso pequeño de la duda,
la
timidez del poeta
que
nace, huérfano de musas,
con
la mirada henchida en sus bosques,
en
busca de dríadas
recitando
las églogas de Virgilio,
y
abrazar
así el reino de la utopía.
Pero
encontré un valle yermo,
y
emponzoñado el manantial de las ninfas
camino
al olimpo de los elegidos.
Dioses
menores
alzaban
su pluma como dagas hirientes
vomitando
la ira del deshabido,
no
en vano
su
mano infértil traza —en la linde—
el
horizonte del ego.
Bufones
disfrazados juzgando
como
reyes, ávidos de sangre
y
conquistas, escupían
en
los versos livianos del imberbe.
Y
así —un día cualquiera—
divisé
la atalaya de Narciso
en
el promontorio del recelo,
sostenida
por los usureros de la palabra:
No
queda espacio
en
el corazón del viajero, sino
el regreso a la nada amable del (ser) desconocido.
![]() |
| Friedrich August von Kaulbach |
Descubro la vida en otros
ojos
que son el mundo,
la espiga verde mecida por
el viento
que abraza el grano.
Pequeñas playas en un
desierto
donde no hay oasis,
mar de estrellas, fanales de
mis noches.
Pero esos ojos tienen
precio.
Después de los años
el amor puede ser un brebaje
amargo
si se toma de un trago
en la sombra de cualquier
luna,
como esos naufragios que se
sufren
cuando el corazón
vira el rumbo de repente
subestimando la fuerza de
las olas,
y el casco —simplemente—,
no aguanta la embestida.