La sombra del
poeta se detiene
Ufana bajo el
destello, y se estremece.
Caléndula de luz
tus ojos
Atravesando mi
alma.
La sombra del
poeta se detiene
Ufana bajo el
destello, y se estremece.
Caléndula de luz
tus ojos
Atravesando mi
alma.
Es posible
que la simplicidad del acto
sea el motivo,
que no haya nada más,
salvo la tortuosa necesidad
de sentir
sus labios —invisibles—
surgiendo de la espesura más
negra:
Quizá para la luz
esa absoluta necesidad
Regreso del recuerdo,
donde el aire
huele a dieciocho
como entonces:
un simple paseo
bajo un cielo que abraza
el perfume del mar, de azahar
mis huellas,
igual que entonces.
Pero treinta y siete años
más tarde
la vida, guarda la distancia
entre aquellos pies
indecisos
de poeta
y una maleta repleta de
versos
sin fecha.
Aun así, la piel
se estremece ante el dulzor
del aroma
como entonces,
y la brisa
que no se detiene ante el
tiempo
hace sus cuentas
siempre con sabor a verano,
como cuando me asomaba a tus
ojos
y escribía el futuro al
margen de un poema:
el nuestro.
Que la vida, —a veces—
está llena de notas al
margen;
de incontables márgenes
vacíos.
Romperse
por dentro
como un vidrio
que frágil
sucumbe al impacto.
Llorar con cada esquirla
de piel que hiere
la memoria
y no saber
aunque se busque
el porqué del alma
y su herida.
Los perros huelen sangre
en las fronteras de nieve
y aúllan, como perros,
mientras se juega al mus
en una mesa blanca.
Hay [bandas] de pájaros
sobrevolando calles ,
donde la muerte espera
acurrucada
en el ala frívola de un machete.
Un joven suspende la vida,
y mata
sin remordimientos
a los protagonistas del Thriller,
convirtiendo la escena en un déjà vu perpetuo.
Esther y Marta, charlan
—seguramente —
sobre la zafia inconsistencia del derecho
en cualquier cuneta de la “lex romana”,
mientras los cuervos sacan brillo a sus picos
e intercambian votos por escaños.
Un padre de familia, en paro,
mastica atónito frente al televisor
las efímeras sobras del almuerzo,
(ha vuelto a subir la gasolina)
y exhalando volutas de “omicron”
exclama:
“No nos da ni pá quemaros cabrones”.
Entre tanto, otro barco naufraga,
y el mar,
que no se avergüenza de sus muertos,
reclama el aliento del marino
que siempre faena a hostias con la vida,
la puta vida.